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Yiros, bocas y ghettos: de la constitución de un sujeto del exilio en O negócio do michê de Néstor Perlongher
Pablo Gasparini (UNICAMP, FAPESP)

 

La creciente bibliografía crítica sobre el poeta y antropólogo Néstor Perlongher en Argentina es un fenómeno bastante reciente en el que se conjuga, seguramente, no sólo, cierta predisposición contemporánea hacia autores y estéticas que décadas atrás llamaríamos marginales, sino que también puede pensarse (más allá de este ocasional efecto de los cultural studies), en una línea crítica local que, de la mano del deleuzismo, ha hecho de la poesía neobarroca de Perlongher un canto y ejemplo cumbre de la deriva tanto estética como biográfica. Lejos de pretender analizar aquí la relevancia de esta perspectiva -que no deja de repetir el sustento teórico que el propio Perlongher ofrece para su escritura-, la intención de este trabajo, de carácter más bien introductorio, es establecer un diálogo entre las dos tareas entre las que Perlongher dividió su hacer intelectual y afectivo: la reflexión antropológica urbana y la escritura poética, y esto desde una de las circunstancias que afectó la producción de Perlongher, la del exilio.

En efecto, en 1982, año clave en el que la dictadura argentina inventa una guerra “patriótica” como último recurso de sostenerse en el poder, Perlongher obtiene su licenciatura en sociología y decide radicarse en São Paulo, Brasil, para realizar una maestría en Antropología Social en la Universidad de Campinas (Unicamp) donde en 1985 ingresará como profesor.

Sería difícil considerar esta radicación de Perlongher en el Brasil como un típico exilio político-romántico. Si bien el mismo, sin dudas, obedece a un hurtarse o hartarse de la lógica policial-castrense de la vida social argentina bajo la dictadura, Perlongher nunca asume su estadía en el Brasil a la manera en la que, por ejemplo, un Julio Cortázar asume su exilio francés. Podría decirse, con verdadera razón, que esta comparación es inapropiada, ya que a la radical diferencia de los espacios involucrados (París, ciudad predilecta de los exiliados latinoamericanos, frente a una tercemundista São Paulo que apenas está comenzando el proceso de la transición democrática), se le sumaría, al menos por aquel entonces, la no menos aguda disimetría de ambos autores en cuanto a su reconocimiento simbólico. Sin embargo, si fuerzo este paralelo, es para señalar, por un lado, la consolidación, en Cortázar, de una forma histórica de entender el exilio político con otra que emergería de forma irreverente. Para ser breves, al modelo romántico, de algún modo instaurado en el contexto argentino por el propio Sarmiento, le podríamos oponer otro que, ya sea por pasión neobarroca o frenesí deleuziano -esos vectores que en Perlongher se confunden y se amalgaman para recrear una identidad fronteriza, multiforme y contradictoria- está muy lejos de considerar la experiencia del exilio como una inestimable oportunidad de sacrificio y enriquecimiento espiritual al servicio de la futura identidad nacional.

Si el exilio romántico se vertebra sobre la Tragedia Nacional, Perlongher desvertebra, inclusive desde la propia forma de sus poemas, la ética comúnmente esperada de un "exiliado". En el poema “Cadáveres”, que forma parte del poemario Alambres (1987, premio Boris Vian de literatura argentina), aquella fluidez identitaria, que rechaza dicotomías plenas entre lo propio y lo ajeno, ignora cualquier tipo de pureza retórica y menos que decirse desde un lugar angustiosamente seguro y fijo se desenvuelve bajo las fugacidades y el paisaje incesante, tornadizo, de un viaje:

Bajo las matas

En los pajonales

Sobre los puentes

En los canales

Hay Cadáveres

 

En la trilla de un tren que nunca se detiene

En la estela de un barco que naufraga

En una olilla, que se desvanece

En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones

Hay Cadáveres

 

Por otro lado, de tenerse en cuenta que menos que una dirección, hay aquí un deambular o una circulación errática, podríamos decir que menos que un viaje hay aquí un yirar, argentinismo que connota un transitar sin meta, o con meta azarosa, propia del mercado prostibulario que Perlongher, como antropólogo urbano, constituyó en objeto de estudio. Inscripto en la tradición neo-barroca o neo-barrosa que Perlongher inventó (o se inventó), el poema, en efecto, nos desplaza de las matas y pajonales, de los puentes y canales, de las trillas y tal vez trilhas, a aportuñalados y/o agauchados enunciados que, bajo la órbita desmesurada o frustrada del deseo (y del terror), se ofrecen como vislumbres de historias (tal vez chismes, habladurías o, peor, delaciones) constituyendo un paisaje abigarrado o disociado que sólo la fruición de los cadáveres, en su carácter innumerable, amalgama a través del obsesivo y fúnebre estribillo “Hay Cadáveres”:

 

En el país donde se yuga el molinero

En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado,

y donde todas las Ocupaciones tienen nombre…

En las regiones donde una piruja voltea su zorrito de banlon,

la huelen desde lejos, desde antaño

Hay Cadáveres

 

En la provincia donde no se dice la verdad

En los locales donde no se cuenta una mentira

-Esto no sale de acá-

En los meaderos de borrachos donde aparece una pústula roja en

la bragueta del que orina –esto no va a parar aquí-, contra los

azulejos, en el vano, de la 14 o de las 15, Corrientes y

Esmeraldas,

Hay Cadáveres

 

Y más adelante, en el mismo poema:

 

La que hace años que no ve una pija

La que se la imagina, como aterciopelada, en una cuna (o cuña)

Beba, que se escapó con su marido, ya impotente, a una quinta

donde los

vigilaban, con un naso, o con un martillito, en las rodillas, le

tomaron los pezones, con una tenacilla (Beba era tan bonita como una

profesora…)

Hay Cadáveres

 

Era ver contra toda evidencia

Era callar contra todo silencio

Era manifestarse contra todo acto

Contra toda lambida era chupar

Hay Cadáveres

 

Era: “No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan

cuenta”

O: “No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a

pecho”

Acaso: “No te conviene que lo sepa porque te amputan una teta”

Aún: “Hoy asaltaron a una vaca”

“Cuando lo veas hacé de cuenta que no te diste cuenta de nada … y listo”

Hay Cadáveres1

 

Esta topografía disociada por la que -a la manera del mísero extranjero o extranjero errante de Góngora en las Soledades- oscila el discurrir poético; esta proliferación/ contaminación de lenguas, argots y códigos diferentes que llevan a la oralidad popular el proyecto plurilingüe barroco (si recordamos, una vez más, a Góngora), y hasta estas irreverencias de un exiliado por las que se afrenta (al igual, tal vez, que Copi en la nouvelleEl Uruguayo) lo trágico de estos “Cadáveres”o ruinas de cuerpos que se alzan como derruidos monumentos políticos, podrían encontrar, en el propio Perlongher, una formidable traducción teórica. Me refiero a O negócio do michê. Prostituição Viril em São Paulo, la disertación de maestría en Antropología Social presentada por Néstor Perlongher a la Universidad de Campinas en 1986, donde se define, o más bien se acompaña, a veces de forma asumidamente literaria, otra abigarrada topografía, aquella “espécie de esgoto libidinal das megalópolis” 2 que constituirían las llamadas “Boca de Lixo”.

Dándose por objetivo los “ relacionamentos entre um tipo particular de prostituto –conhecido como michê na gíria do ‘mundo da noite’ paulistana- e os seus clientes masculinos, num circuito espacial determinado: o ‘gueto gay’ do centro da cidade de São Paulo ” (08), Perlongher marca los territorios, los puntos de contacto, las redes de circulación y los flujos de concentración y disipación de la masa ligada al mercado homosexual. En esta suerte de cartografía deseante3 se va diseñando un mapa histórico y geográfico en el que se dibuja el centro de la ciudad de São Paulo: un espacio que va desde el nodal Largo de Arouche y que pasando, mingitorios públicos mediante, por los laberínticos senderos de Praça da República, llega a la elegante Avenida São Luiz para extenderse por la mitológica Avenida São João. Por bajo estos arremolinados senderos, se esboza, sin embargo, otro intrincado avatar, el de una escritura que declara explícitamente tanto su carácter protagónico como el gozoso mimetismo con el objeto que se empeña en construir: “O estudo pretende, então, mapear esse emaranhado de paixões e códigos que agitam e mobilizam o ‘território existencial’ (Guattari, 1986), desta forma de prostituição homossexual. A própria escritura poder-se-á ver arrastada, por vezes, por esse mesmo fluxo emaranhado”(54).

Amparado en este “enmarañamiento” de su escritura, Perlongher destituirá o diluirá conceptos netamente antropológicos para ofrecerlos a una proliferación asumidamente literaria. De esta manera, se insistirá en que el concepto de “gueto”, por ejemplo, no debe entenderse como un territorio cerrado y establecido, desnaturalizando así el sentido fuerte del término (acuñado por el antropólogo norteamericano Louis Wirth en The Guetto de 1928 y central para la llamada “Escuela de Chicago”), para brindarle la movilidad y fluidez características del objeto de su disertación o, más bien, la movilidad y fluidez de una lectura –gozosamente- deleuziana. “Esta noção de gueto” –escribe Perlongher- “ao contrário da enunciada por Levine, não poderá ter limites geográficos nem ‘étnicos’ demasiadamente precisos. Ela deverá flutuar e se nomadizar, acompanhando os movimentos reais das redes relacionais que aspira significar” (85). En verdad el “gueto” debe entenderse como “boca”, palabra que a su no dicha connotación erótica o erógena (Perlongher deja flotar esa connotación sin nunca explicitarla), se suma la particularidad de un lugar de emisión de flujos (en portugués decimos “boca de fumo” o “boca de ouro”) asociada además, “ a qualquer forma de ‘ilegalismo’ não exclusivamente homossexual” (82).

No casualmente es en la descripción de estas bocas en que la escritura de Perlongher se detendrá con especial atención, atenta a los flujos en que se desliza el avatar clasificatorio de toda una marginalidad urbana. Recurriendo a João Antonio (Dedo duro, 1982) Perlongher, por ejemplo, cita una descripción “chula” de la Praça da República, “onde proliferavam, azucrinavam, acampavam trombadinhas, pivetes, bandidos, bandidotes, marafoneria barata, engraxates, bicheiros, invertidos de amor e todo o resto do acompanhamento daquela fauna rica e pobre” (200). La multiplicidad de ese espacio se transparenta también en un texto de Eduardo Dantas publicado en Lampião (“Uma Praça chamada República”) y que Perlongher cita extensamente. Allí la plaza es el lugar donde “os entendidos mais pobres, ou seja, os negros, imigrantes, recém-chegados de outros estados, operários da construção civil, só contam com a Praça da República para suavizar a solidão da cidade grande” (137).

Perlongher insiste en que toda el área es un espacio de circulación antes que de fijación en el medio de una corriente continua de transeúntes de los más variados tipos, un espacio donde estos mismos tipos pueden llegar a transmutarse los unos en los otros : “a confusão entre michê e marginal, a proliferação de tipos sociais é multiforme: os michês-machos compartilham as calçadas com travestis e michês-bichas –assim como prostitutas, cafetões, malandros em geral… - não existindo fronteiras muito bem demarcadas entre uns e outros” (138). De entre ese flujo irrumpe de pronto la urgencia erótica: “ Amantes do sexo impessoal –e eventualmente michês- fazem ponto nos cinemas da área¸ no caso da sala do andar térreo do cinema Art Palácio um freqüentador percebeu que os corredores estavam escorregadios de esperma, tal a quantidade e urgência dos coitos ” (146). Por otro lado, aún la descripción “antropológica” de estos coitos entre espectadores que son “pedreiros, soldados, operários não-especializados, bichas proletárias, malandros, adolescentes de periferia, etc.” (223) mima el encanto de las citas literarias: “Contatos na penumbra, entre homens que as vezes sequer se vêem as caras, roçares ´casuais’ de membros na massa que se amontoa nas últimas fileiras da sala, penetrações apressadas nas toaletes diminutas e fedorentas, num espaço buliçoso, que cheira a suor masculino” (224).

Si planteábamos más arriba que O negócio do michê podía pensarse como una suerte de traducción teórica de “Cadáveres”, esta "traducción" indudablemente pondría en juego, y en riesgo, el concepto de identidad. En efecto, tanto las “Bocas de Lixo” urbanas (tal como son descriptas en O negócio do michê) como el discurrir poético neobarroso de Perlongher, sugieren que menos que establecer identidades (y, por lo tanto, desvíos de identidades), deberíamos prestarnos a una idea de continuum caracterizada antes por relaciones de continuidad y diferenciación relativa que por contradicciones excluyentes y taxativas. Es decir, por sólo poner un ejemplo, así como un “Michê da Ipiranga” puede pasar a ser un “Michê de São Luiz” por un mero desplazamiento o yirar físico, un “Michê Macho” tal vez pueda devenir un “Michê Gay” si las exigencias del cliente así lo determinasen. Leemos en la disertación de Perlongher : “À idéia de identidade, que define os sujeitos pela representação que eles mesmos fazem da prática sexual que realizam, ou por certo recorte privilegiado que o observador faz dessa prática, justapomos a idéia de territorialidade” (49). Como en “Cadáveres”, y en un nivel más general en la propuesta poética de Perlongher (que nada tiene, debemos decirlo, de cristalización o compactación de una forma), el sentido o la identidad es netamente transitorio o en tránsito, producto neto del yirar semántico al que nos invitan sus textos (que fluctúan siempre entre repeticiones, desvíos, regresos, fugas e idas inesperadas). Sin embargo, si la cuestión identitaria es trabajada como un problema de sentido (y, puntualmente, como el problema del sentido neobarroco: un sentido fluido, proliferante y substancialmente “material”)4 bien podríamos preguntarnos si es tan sólo el discurso poético el que se vislumbra como una suerte de “Boca do Lixo” (con todo lo que esta implica de emisión de flujos y de transposiciones identitarias) o si también, por otro lado, es la reflexión antropológica urbana la que se constituye a partir de una serie de transposiciones y contaminaciones semánticas.

Sin pretender saldar la respuesta hacia uno u otro lado, una respuesta para la cual deberíamos reflexionar sobre el uso neobarroco de Deleuze/Guattari (o sea, sobre el uso estético de la teoría más que detenernos, nuevamente, en la “traducción teórica/deleuziana” de la poesía) creo que, a los fines de este artículo, es importante señalar que ambas reflexiones provienen de una misma concepción, la de un espacio fluido que no puede dejar de leerse desde sus implícitos políticos directamente ligados (si se quiere) a la radical insumisión para con cualquier tipo de pathos nacional. Recordemos, sino, que Perlongher insistentemente opuso el nomadismo propio de las “Bocas de Lixo” a los dispositivos y procesos de sedentarización de las sociedades modernas (que históricamente han reprimido-con fines de “ordenamiento” social, y por medio de la violencia policial y militar- el “caos clasificatorio” y la transgresora errancia intrínsecas a las “Bocas de Lixo”). De la misma manera, el estribillo o letanía (digna de El Cuervo de Poe) de “Hay Cadáveres”, intenta ordenar, amalgamar, dar una dirección a la libertaria deriva textual de “Cadáveres” (de esos cadáveres que, es necesario hacer notar la semejanza, también son producto de la violencia estatal).

A la errancia, y a la libre fluctuación de lenguas, identidades y poblaciones, se opone así el guetto (en su sentido fuerte) y la reducción semántica. En palabras de Anderson, en su ya clásico Comunidades Imaginadas: “En la concepción moderna, la soberanía estatal opera en forma plena, llana y pareja sobre cada centímetro cuadrado de un territorio legalmente demarcado”5.

No por nada es Alambres el título del libro en que se inserta, entre otros, el texto de “Cadáveres”. Debemos recordar que los alambres no sólo demarcaron en Argentina los límites de la pampa acabando con el mítico nomadismo del gaucho (esa barbarie que, según Sarmiento, debía morir para dar paso a la racionalidad del estado nacional moderno), también los alambres demarcaron, de forma más reciente, el perímetro infame de los campos de concentración. Sin embargo, por otro lado (por un lado muy diferente), el alambre es portador de una plasticidad natural de la cual los argentinos se ufanan de aprovecharse en situaciones especialmente insolubles (“arreglar con alambre” es encontrar -en el habla popular argentina- una solución que si bien es precaria, se reconoce como efectiva). Desde esta última acepción me pregunto, finalmente, si no son estos los artesanales alambres que Perlongher ha torsionado para intentar decir lo trágico sin reducirse a un lugar políticamente moral, si no son estos, al fin, lo alambres con los que Perlongher ha intentado desaherrojar el cercado ghetto nacional restituyendo la deseante voz de un exiliado a través de los erráticos y los del todo barrocos yirares de sus literarios michês: un problema que remite a Witold Gombrowicz -uno de los padres o padrastos literarios de Perlongher- y a la singular manera en que este polaco reflexionó sobre su propio, azaroso y marginal exilio.

 

1 Perlongher, Néstor. Poemas Completos, Buenos Aires, Seix Barral, 1997, pp.111-123.

2 Perlongher, Néstor. O negócio do michê. Prostituição Viril em São Paulo, Dissertação de Mestrado em Antropologia Social, Campinas, Unicamp, 1986, p. 15. Salvo indicación en contrario, la numeración corresponderá a este texto. Esta disertación fue publicada en Brasil por la editorial Brasiliense en 1987, y traducida al español y publicada en Buenos Aires en 1993 por editorial La Urraca bajo el título de La Prostitución Masculina.

3 Para el concepto de “cartografia deseante” ver Perlongher, Néstor. “Los devenires minoritarios” en Prosa Plebeya, Buenos Aires, Colihue, 1997, pp.65-75.

4 Para una presentación de la poesía neobarroca realizada por el propio Perlongher, ver: Perlongher, Néstor. Caribe Transplati no. Poesía neobarroca cubana e rioplatense , São Paulo, Iluminuras, 1991.

5 Anderson, Benedict. Comunidades Imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, FCE, 1993, p. 40