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Escrituras de lo entre-lugar: el viaje en la narrativa de Alejo Carpentier.
Elena Palmero González (FURG)
Leyendo a Paul Ricoeur cuando privilegia las formas metafóricas en la construcción de lo imaginario, particularmente aquellas que él llama «metáforas de invención» o «metáforas vivas», pienso en la presencia del viaje en la literatura latinoamericana como sugestiva metáfora de cronotopos configurados en la otredad, de espacios y temporalidades nacidos del encuentro, el cruzamiento, y lo errante, los que parecen definir nuestra condición de entre-lugar .
Sabemos que el viaje, en su condición intersticial, revela siempre formas de representación ajenas a la lógica occidental, me pregunto entonces si su expresión literaria en América Latina no es una propuesta para leer nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra historia y nuestro sujeto, al margen de modelos coloniales, de lógicas binarias, o esquemas racionales.
El relato de viaje, cronotopo narrativo de larga tradición en la cultura latina, resulta especialmente significativo en nuestras letras latinoamericanas por su naturaleza fundacional, recordemos que las crónicas de la conquista adoptan la forma de diarios o cartas de relaciones para nombrar un mundo en gestación, y luego las crónicas de los viajeros científicos del XIX también asumen el discurso de diario de viaje para catalogar el universo físico y social de un continente que también se consolidaba en un largo proceso de independencia. Pero quiero detenerme en la narrativa ficcional, donde es particularmente presente este cronotopo, y específicamente en la obra del narrador cubano Alejo Carpentier, en la que su recurrencia como tema y modelo de composición es expresiva de un singular entendimiento del hombre y su identidad, del hombre y sus coordenadas históricas.
Vengo estudiando desde hace algún tiempo los textos carpentereanos que particularmente centralizan su composición en el modelo del viaje y desenvuelven motivos como el regreso y el camino, con la consiguiente figuración del peregrino y el viajero 1 . Especialmente me intereso por estudiar en ellos el viaje y el camino como espacio de integración de una identidad que alcanza a configurarse en lo entre-lugar y lo por-venir, para colocar una posible lectura del sujeto carpentereano de naturaleza híbrida y mutante. Solo que en esta oportunidad voy a centralizar mi atención en un texto de 1953, Los pasos perdidos , por razones obvias de tiempo y queriendo situar ciertas claves que funcionarán el resto de los textos a estudiar.
La presencia del viaje en la obra de Alejo Carpentier resulta sumamente temprana. El sacrificio (1923), relato que hasta hoy se considera su primer texto publicado, desarrolla temática y compositivamente este motivo, con la consiguiente presencia del viajero. Luego ambos motivos tendrán presencia definitiva en los relatos de la década del cuarenta y el cincuenta, momento en que Carpentier concibe su saga del tiempo con Viaje a la semilla (1944), Semejante a la noche (1952) y El camino de Santiago (1958), tres relatos que quedarán luego incluidos en G uerra del Tiempo ( 1958), magnífica colección que concierta variaciones sobre el tema del tiempo y en la que el viaje tiene extraordinaria centralidad temática y compositiva. Así mismo será presente en las novelas posteriores, El siglo de las luces (1962) , Concierto Barroco (1974) , La consagración de la primavera (1978), y El arpa y la sombra (1979). Pero como he anunciado voy a detenerme en Los pasos perdidos , novela de 1953 que se gesta precisamente al calor de un viaje del novelista por el Orinoco .
Narrado desde la primera persona, la novela relata el itinerario de su protagonista, quien sale de Europa hacia América con la encomienda de rastrear formas primitivas de algunos instrumentos musicales que perviven en América. Esta razón lo lleva a remontar el Orinoco en una apasionante aventura temporal, pues mientras su tiempo cronológico avanza, vive la experiencia de estadios cada vez más primitivos de vida, en los que lentamente va reencontrando sus capacidades creadoras. Su ilusión tiene fin cuando a la procura de papel, retorna a la civilización, para luego no conseguir nunca más encontrar el camino del regreso a la selva.
En esta rápida presentación, es posible precisar varios estratos temporales en la novela: un tiempo fabular que se adscribe a los límites de un viaje (Europa-América-Europa), y que dura, según nuestra convencional medición, algunos meses; un tiempo histórico referencial más o menos reconocible en todos los estadios que el protagonista visita y que es de naturaleza inversa al fluir convencional; y un tiempo de la narración que reduce en el acto de la escritura de un diario, o crónica, la aventura espiritual y física de este viaje. De esta manera, en el presente de la enunciación, quedan reducidas dos temporalidades de naturaleza inversa: un tiempo que marcha con las cronologías, el que trae consigo el protagonista europeo; y un tiempo inverso a las cronologías, el del mundo americano que va recorriendo hasta llegar al Valle del Tiempo Detenido, como él mismo lo bautiza.
La novela utiliza así los procedimientos de reducción y simultaneidad temporal, quizás con la intención de develar el carácter relativo del tiempo en un sistema de referencias convencionales, equiparando en un mismo nivel narrativo dos instancias aparentemente contrapuestas ante la lógica occidental.
La reducción, como sabemos, consiste en limitar al máximo el tiempo narrado, de forma que la novela no abarque años o vidas enteras, sino horas, o a lo sumo días, de esta manera lo que dura no es la historia contada, sino el relato de esa historia. En el caso de Los pasos perdidos , el presente del contar subsume temporalidades diversas bajo su potestad metatextual, y en consecuencia la reducción temporal correlaciona sin jerarquías, nociones aparentemente excluyentes según una percepción estructurada y taxonómica del tiempo, potenciando la presencia plural de tiempos en un mismo nivel. Así se activa narrativamente aquella metáfora carpentereana de América como gran máquina del tiempo donde el hombre primitivo puede dar la mano a otro que va al cosmos, y se moviliza la idea de persistencia de todo pasado en cualquier acto presente, tópico este de singular recurrencia en el universo artístico del novelista.
La reducción temporal, como se ve, garantiza en Los pasos perdidos la metatextualidad, y esta, por naturaleza, genera cierta condición híbrida en la escritura, pues ella permite la coexistencia de dos dimensiones temporales en un mismo acto enunciativo: en el nivel presente de la memoria y el contar, cohabita el tiempo de lo evocado y lo contado.
Así mismo, la construcción del sujeto que enuncia el relato revela también hibridez en su configuración narrativa. Si coincidimos en pensar que la polifonía del enunciado se manifiesta en la creación de varios enunciadores, que sin excluirse, ni ceder turnos, asumen a un tiempo la enunciación, estaremos de acuerdo en considerar polifónica la voz narrativa de Los Pasos Perdidos , toda vez que la perspectiva de un narrador protagonista que cuenta desde el presente de la enunciación, involucra constantemente voces y perspectivas del universo contado, para mixtificarse la voz enunciadora del relato en un discurso absolutamente híbrido.
Esta mixtificación de la enunciación es el rasgo que con más fuerza Irlemar Chiampi distingue en el texto realista-maravilloso, que como la autora asegura, supera el carácter monológico de la ficción al problematizar su enunciación y quebrar la idea de una conciencia narrativa única y totalizadora. El texto mimético, habitual en nuestra narrativa decimonónica y de las primeras décadas del XX, se complacía en ocultar la voz generadora del discurso, este en cambio, busca explicitarla, y explicitarla en su carácter problémico y heterogéneo, lo que llevará por demás a instaurar en nuestro discurso ficcional un sujeto de identidad sumamente compleja.
Si con Paul Ricoeur intentamos leer un sentido en la estratificación temporal de Los pasos perdidos , veremos que el texto acude en primera instancia a una ubicación fabular de los hechos narrados en una red cronológica que se adscribe a la representación convencional que el hombre hace del tiempo, luego, en un segundo nivel, encontraremos un tiempo apelativo a la reversión histórica, y en un tercer nivel, de fuerte sugerencia metafórica, un estrato donde se pueden sintetizar todos los tiempos posibles, pasado- presente- futuro, en una dimensión que borra toda marca cronológica, y se afianza en una noción mayúscula e integradora, expresiva por demás del más auténtico sentido del tiempo de nuestra América.
Esta dimensión del tiempo involucra una concepción autoral en la que el tiempo es mucho más que sucesión y cronología, más que suma lineal de ayer, hoy y mañana. Con aguda mirada Julio Le Riverend aprecia esa naturaleza plural y conflictiva del tiempo en toda la praxis artística de Alejo Carpentier, premisa imprescindible para una cabal comprensión de su conciencia histórica.
El análisis de Le Riverend allana el camino para la interpretación de Los Pasos perdidos , donde cohabitan tiempos de diferente naturaleza, sumamente plurales y complejos en su expresión, así como para legitimar una dimensión en la que pasado y futuro habitan toda actitud humana del presente, y en la que el tiempo de América es origen, matriz incontaminada, plena posibilidad de todas las temporalidades reconocidas por occidente, como ya había afirmado el novelista en su conocida crónica de 1948 cuando visita la Gran Sabana venezolana: ‘‘El tiempo estaba detenido allí [...], desposeído de todo sentido ontológico para el hombre de Occidente [...] No era el tiempo que miden nuestros relojes, ni nuestros calendarios. Era el tiempo de la Gran Sabana. El tiempo de la tierra en los días del Génesis'‘ .
Esta noción ecuménica del tiempo como síntesis, es expresiva de un universo simbólico donde el tiempo histórico y el tiempo mítico no alcanzan a legitimar fronteras. Carpentier asume en su obra la temporalidad del mito, como expresión auténtica de una identidad, el tiempo del mito, como contrapartida de una concepción unidireccional y falsamente progresiva del movimiento temporal, como noción que admite la experiencia plural y heterogénea del devenir, y que no distingue jerarquías entre pasado, presente y futuro. Por este camino, es posible conjeturar que haya encontrado en los mitos y cosmogonías amerindias y africanas una interesante dimensión para pensar un modelo de representación de nuestros cronotopos culturales ajenas a la representación occidental, una manera de entender la cualidad del tiempo enraizada en concepciones que como explica Octavio Paz ‘‘el futuro está en el pasado y ambos en el presente'‘
Este modo de entender el tiempo, que tampoco anula el mundo de las cronologias, quizás sea l o más original en Los pasos perdidos , precisamente porque ambas nociones no se excluyen, más bien conviven en una expresión integradora. La legitimación de un cronotopo situado en los intermedios de dos mundos, donde definitivamente quedará el personaje al final de su aventura, nos confirma esta idea.
Cuando imposibilitado de regresar a la selva por que el río ha crecido y borrado las señales de entrada, pero también inconforme con la condena de volver a la ‘‘civilización'‘, el músico protagonista de esta historia afirma: ‘‘Yo vivo aquí de tránsito, acordándome del porvenir... porque mi viaje ha barajado, para mí, las nociones de pretérito, presente, futuro'‘ , está postulando su lugar en un tercer espacio, entre-lugar que en la alteridad, obviamente no desconsidera como paradigma, el universo de las marcas fechables, ni tampoco excluye una percepción integrada del tiempo.
Llegado este momento, el viaje del personaje, confirma que no hay ya tiempo ni lugares fijos que integren las partes perdidas, o quizás reencontradas, de este hombre. Solo en el camino fue posible la utopía de la plenitud, solo en el camino es posible la búsqueda de una identidad. Por eso me pregunto, si son ciertamente perdidos los pasos del viajero, y si no es el título una inversión irónica del destino del héroe protagónico, espejo significativo del siempre peregrino que fue el propio Alejo Carpentier.
Sabemos que el cronotopo narrativo del viaje es un modelo habitualmente asociado a la búsqueda de identidad, en la medida que el itinerario conduce al héroe a cierto reconocimiento del mundo y de su imagen en él. En el modelo canónico, el viaje articula la historia narrada en torno al desplazamiento espacio-temporal del protagonista, y los eventos narrativos se suceden en virtud de ese movimiento. En la novela antigua se acentuaba el movimiento espacial y el suceder de los días, luego ha devenido signo metafórico y el viaje se presenta entonces como tránsito por la vida, itinerario en el que los héroes, como en el relato de aprendizaje, se perfeccionan y se modelan espiritualmente. Bajo esta tipología narrativa, la novela marca topológicamente espacios como el río o el mar, que adquieren valor de icono metafórico, pues remontar el río o atravesar el mar remodela ese viaje por la vida y el aprendizaje. Así también suele apelarse a un ‘‘tiempo de aventuras'‘, que como se sabe diverge de nuestro sentido de sucesión y cronología, no tiene la duración elementalmente biológica, no hace referencias explícitamente reconocibles en la serie histórica, y moviliza la heterotemporalidad causal y la simultaneidad.
Con Los Pasos Perdidos asistimos a una original variante de este cronotopo, la novela acude a la adición como principio estructurador de la ficción, y al paradigma del itinerario para organizar la fabulación narrativa. En este orden reedita el modelo clásico en sus principales aristas: recurre al ‘‘tiempo de aventuras'‘ validando la heterotemporalidad en relación opuesta a la lógica cronológica, tiende al cruzamiento de las series temporales y espaciales de tal modo que ‘‘vemos'‘ el movimiento temporal justamente en los cambios espaciales, y además pone a funcionar motivos de notable significación identitaria como el regreso y el camino, con la consiguiente imagen del peregrino, figura de extraordinaria recurrencia en la obra carpentereana.
Como relato de viaje, en Los pasos perdidos su protagonista, escribe un diario, o hace apuntes fechados del maravilloso mundo que va descubriendo, de manera que la novela encapsula metaficcionalmente estos relatos en su estructura mayor de itinerario, y hasta es posible conjeturar que estos escritos sean la novela que estamos leyendo. También el protagonista es músico y escribe una pieza, que curiosamente se basa en la Odisea, me pregunto si en evidente reflejo especular y premonitorio de su destino, si se considera que la estructura en abismo que se abre con la representación de la creación, funciona como espejo interno que reduplica significativamente la historia contada.
En este sentido, la escritura adquiere poco a poco una extraordinaria centralidad en la novela. La angustia de la creación, la afasia verbal, la lucha por hacer texto aquella obra que como afirma el personaje es algo que se ha construido en su espíritu, va ocupando el lugar de hilo conductor de la ficción, entrelazándose entonces el viaje con el Kunstlerroman , y el Bildunsroman.
Significativamente Eliane A. Campello en su excelente estudio sobre la naturaleza del Kunstlerroman , asocia la narrativa de artista a los modelos del viaje y del aprendizaje, considerando que en el viaje el artista recorre el camino de la creatividad, y por tanto este se revela como proceso de formación de un espíritu artístico y de una obra. De manera análoga, en Los Pasos perdidos , el viaje hace nacer una obra, el contacto con América y la virginidad de su mundo devuelve al protagonista el don de la creación, porque América es la imagen, solo que la obra está en su espíritu, y cuando la pretende textualizar choca con la realidad de que en aquel universo incontaminado falta el papel, vehículo que entroniza el mundo de la ley.
Con razón la búsqueda del papel es la llave que lo enajena y lo devuelve a occidente, sin posibilidad de regreso. Irónicamente el arte lo conduce al camino de la identidad, más la escritura lo enajena.
Como hemos visto, en el camino y en el proceso de creación, el artista-viajero encuentra claves para explicarse a sí mismo, solo en ese espacio intersticial le es posible ir al encuentro de una identidad, porque tanto en el viaje como en la creación la realización humana se consuma justamente en el proceso, en el andar, en lo por venir, es en ese lugar fecundamente intermedio que el hombre reconoce su grandeza.
Pensando con Roberto González Echeverría, quien tanto ha estudiado la figura del peregrino en la obra carpentereana, podríamos asegurar que, hombres en el camino, son los preferidos del narrador cubano, toda vez que el discurso del viajero es siempre depositario de un conocimiento adquirido en el andar, es la experiencia histórica, es la búsqueda, y es también la única posibilidad de la utopía.
América, para el personaje innominado de Los Pasos perdidos se devela entonces como el camino, como también es la imagen indecible, y es el porvenir, pues solo en lo por-venir esta lo intacto y el reino de lo incontaminado. Cuando en los momentos finales de la novela el personaje confiesa: ‘‘Solo creo ya en el presente de lo intacto, en el futuro de lo que se crea de cara a las luminarias del Génesis'‘ , nos coloca ante la certeza de que América es el comienzo de los tiempos, y es sobre todas las cosas, el Futuro.
Génesis y futuridad son, para el novelista cubano, los tiempos de nuestro continente, tiempos donde han de encontrarse los pasos certeros en el largo camino de la búsqueda de identidad.
1 En mi libro Relatar el tiempo: Alejo Carpentier (Ed. FURG, Rio Grande , 2003) estudio el funcionamiento del viaje en los relatos Viaje a la Semilla (1944), El camino de Santiago (1958), y Semejante a la noche (1954). Así mismo trato el tema en el ensayo: ‘‘Guerra del tiempo : Alejo Carpentier a la búsqueda de la identidad'‘ ( Cadernos Literários , FURG, Rio Grande, V.5, p.11 - 16, 2000), Actualmente coordino el proyecto A viagem na narrativa latinoamericana contemporánea , dentro del cual continuo el hilo de este cronotopo-metáfora en el resto de la narrativa carpentereana.
Chiampi Irlemar, El realismo maravilloso. Forma e ideología en la novela hispanoamericana , Caracas, Monte Ávila, 1983.
Paul Ricoeur, Tiempo y narración , Madrid, Ed. Cristiandad, 1987.
Julio Le Riverend,'‘Conciencia histórica en Carpentier'‘, en Revista de Literatura Cuban a, La Habana, Año VI, 1988.
Carpentier, Alejo, Crônicas , Ed.Arte y Literatura, La Habana, 1976, p.270.
Paz Octavio, Los hijos del limo , Seix Barral, Barcelona, 1974, p.79.
Carpentier Alejo, Los pasos perdidos , Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1974, p287.
Campello, Eliane. O Künstlerroman de autoría femenina: A poética da artista en Atwood, Tyler, Piñón y Valenzuela. Rio Grande, Ed. FURG, 2003, p.29.
Carpentier, Alejo. Los pasos perdidos , Ed. Arte y Literatura, 1974, p.287.