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Tres sirenas:mujeres en la trilogía indianista de José de Alencar
Elena Neerman (UDELAR)

En las paredes del Museo Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro podemos ver un óleo de Modesto Brocos titulado Redenção de Cã. La pintura, datada en 1895, representa en su parte central una mujer mulata, sentada, con una criatura (presumiblemente una niña) en su regazo. A su derecha (la izquierda del observador) una anciana de raza negra alza sus brazos y sus ojos al cielo en gesto de agradecimiento, mientras que al otro costado, un hombre blanco, sentado, observa irónicamente la escena. La lectura es clara: la redención de la raza será producida por su blanqueamiento mediante sucesivas cruzas, ilustrando el ideal latinoamericano del mestizaje.

Como Doris Sommer señala, el mestizaje era el camino hacia la perdición racial en Europa, pero constituía una vía privilegiada para construir identitariamente América Latina . No en vano, señala en su obra Fundational Fictions , estas ficciones fundacionales son historias de amor, que establecen una ‘‘erótica de la política'‘ (o una política de la erótica), donde la consolidación de los ideales de las nuevas naciones se expresa metafóricamente en el matrimonio, como vínculo de resolución pacífica de los conflictos planteados en las naciones emergentes. Este mestizaje abarca distintos aspectos ya abordados anteriormente por la historiografía y la crítica literaria como ser al nivel del lenguaje o del género literario, por ejemplo. Pero este ideal conciliador tiene una base biológica, nacida del pensamiento cientificista del siglo XIX, el que estaba empecinado en probar que la desigualdad entre hombres y mujeres, así como la desigualdad entre las razas, era una ley natural inexorable.

Así, cabe preguntarse cómo ese prejuicio cientificista determinó la representación de la mujer en general y de la mujer indígena en particular, en su doble condición de inferioridad científicamente decretada. Si el matrimonio entre el indígena y el conquistador se ofrecía como metáfora de la resolución de los conflictos de las naciones emergentes cabría preguntarse cuáles son las posibilidades de este mestizaje deseado o más claramente cuál es la cruza con probabilidades de éxito en la consagración de esa nueva raza pacificadora.

La trilogía indianista de Alencar nos ilustra acerca de las alternativas. Tanto O Guaraní, como Iracema y Ubirajara son historias de amor con diferentes resultados. En la primera, la pareja Cecilia-Peri plantea la relación entre la mujer blanca europea con el indígena americano, la segunda, el matrimonio entre Iracema y Martim consolida el vínculo entre una mujer indígena y un conquistador europeo y la tercera, el matrimonio entre individuos de raza aborigen en tiempos pre-cabralinos. Sin entrar en el tema de cuáles constituyen los rasgos idealizantes en estas construcciones de personajes indígenas, importa a las finalidades de este trabajo establecer los ideologemas que subyacen en la consolidación de esta raza conciliadora. Como ficciones fundacionales, las obras que componen esta trilogía conectan el romance y la república a través de la prosa y se constituyen como modelo de reconciliación. En ese caso importa resaltar que es igualmente relevante destacar el proceso mismo de mestizaje como un hecho del cual se parte para establecer una identidad nacional y en ese caso cuál es el aporte de cada raza al individuo nuevo, germen de la población de la nación y qué significado tiene el hecho de que la cruza sobreviviente sea el hijo de una madre indígena y un padre blanco.

A principios del siglo XIX no puede hablarse propiamente de un conocimiento de la genética que tuviera un carácter científico. Por ejemplo, estaba plenamente asumido que las cualidades intelectuales eran transmitidas por la vía femenina. Eso permite a Schopenhauer afirmar que:'‘las cualidades del corazón o del carácter en el hombre son las que atraen a la mujer, porque el hijo recibe esas cualidades del padre.(...) Por el contrario, las cualidades intelectuales no ejercen sobre ella ninguna acción directa o instintiva, precisamente porque el padre no las transmite a sus hijos.'‘ ( las cualidades intelectuales son las que se transmiten por vía materna). De manera que el híbrido resultante sería un producto de cualidades intelectuales indígenas y carácter masculino. A propósito de Iracema, Cavalcanti Proença señala que ‘‘Através da mulher indígena se formará a ‘raça' brasileira, como escrevia Alencar'‘, afirmando además

Matrona que luta pelo esposo, até contra a própria família, e pelo filho se sacrifica: sentindo-se morrer, descobre forças para aguardar a vinda do esposo, a quem deseja entregá-lo, somente a ele.

Essas virtudes serão transmitidas ao mestiço Moacir.

 

Si es la mujer indígena la portadora de aquellas características deseables de la nueva raza, ella será también construida como objeto de deseo para el conquistador.

Franklin Távora en la ‘‘Carta III'‘ describe imaginariamente el carácter autóctono, tal cual era fabulado en el siglo XIX:

Anelos tumultuosos, afetos desenfreados, prazeres lúbricos, sensações intensas e bravias, que costuman traduzir-se em linguagem de mais possança; isto é o que nos parece dizerem o senso crítico e as primitividades de todos os povos do mundo. O poeta, intérprete dessa poesia, não tem mais que apanhar o colorido ardente e com ele velar as impudicícias o as fealdades da natureza brutal.

 

El burgués decimonónico pobló los museos de mujeres desnudas: ninfas, diosas y bañistas fueron algunos de los subterfugios utilizados por los pintores para desvestir a sus modelos. El instinto sexual femenino constituía un peligro para el varón y la inaccesibilidad física de la mujer pasó a ser considerada como la principal garantía de su pureza sexual. Para Schopenhauer:

En la vida de las mujeres, las relaciones sexuales son el gran negocio. El honor consiste para una joven soltera en la confianza que inspire su inocencia, y para una mujer casada, en la fidelidad que tenga a su marido.

O para Proudhon:

es una ley de la naturaleza entre todos los animales que la hembra, llevada por el instinto reproductivo, y haciendo un gran alboroto, busque al macho. La mujer no puede escapar a esa ley. La naturaleza la ha dotado de una mayor inclinación a la lujuria que al hombre; antes que nada porque posee un ego más débil, y por ello la libertad y la inteligencia luchan menos fieramente en ella contra las tendencias animales; y en segundo lugar, porque el amor, es la mayor, si no la única, ocupación de su vida.

 

Según Djisktra encontramos en la literatura y las artes visuales del período, abundante documentación acerca de las imágenes predominantes del sexo femenino, documentos que dan cuenta de las fantasías de los varones. La mujer era representada para dar cumplimiento a esas fantasías y ser culpabilizada por ello: los pintores académicos del XIX parecían estar convencidos que todas las mujeres atractivas pasaban el día bañándose desnudas al aire libre.

Un texto de fin de siglo ilustra claramente estos elementos ideológicos:

La vida y toda la estructura de la mujer gira alrededor de la función sexual más claramente que las del hombre. Y, por regla general en la evolución de la raza humana, así como en las inferiores, la estructura racial está sometida a menos variaciones, es más constante y se conserva mejor en la mujer que en el hombre. Estas diferencias fisiológicas se alían naturalmente con el hecho de que, de los dos, la mujer es la más primitiva, la más intuitiva, la más emocional, si bien su universo no es tan amplio y cósmico, el gran proceso inconsciente de la naturaleza está de alguna manera más próximo a ella.

La mujer aborigen carga, desde el punto de vista de la opinión y el prejuicio dominantes en el siglo, el triple estigma de la femineidad, la raza y el primitivismo.

Podemos concordar que en la trilogía indianista de José de Alencar estos aspectos ideológicos adquieren una modalidad atemperada por el punto de vista idealizante. Pero no escapa a la ley no escrita de su tiempo cuando permite que sus ninfas se sumerjan en las aguas salvajes de su tierra. Cotejaremos entonces tres bañistas de Alencar : Cecilia, Araci e Iracema.

Cecília, portuguesa y blanca hija de D. Antônio de Mariz es el objeto de adoración de Peri, el aborigen descrito como ‘‘um cavalheiro português no corpo de um selvagem'‘(35). Tal es la pareja protagónica de O Guaraní, pareja que no consuma su unión.

Sobre el personaje de Cecília pesa un interdicto que se explicita en el capítulo XI, No banho. El tabú que se opone al deseo de tocar, aquí se opone al deseo de simplemente ver, por intermedio de dos obstáculos: la vestimenta y la vigilancia de Peri. Quienquiera osase acercarse al baño de la dama tendría que huir:

E fazia bem em voltar, porque o índio [Peri] com o seu zelo ardente não duvidaria vazar-lhe os olhos para evitar que chegando-se à beira do rio, visse a moça a banhar-se nas águas.

Entretanto Cecília e sua prima tinham o costume de banhar-se vestidas com um trajo feito de ligeira estamenha que ocultava inteiramente sob a cor escura as formas do corpo, deixando-lhes os movimentos livres para nadarem.

Mas Peri entendia que apesar disto seria uma profanação consentir que um olhar de quem quer que fosse visse a senhora no seu trajo de banho; nem mesmo o dele que era seu escravo, e por conseguinte não podia ofendê-la, a ela que era o seu único deus.

 

La mirada construye el objeto de deseo. Peri no mira a Cecília ni permite que nadie la mire, salvaguardando así la pureza ideal de la virgen portuguesa. Según Dijsktra, hacia mediados del siglo XIX la exclusión de la mujer de la vida práctica se había convertido en un hecho, y en su inaccesibilidad se la había elevado a una especie de sacerdotisa o, como la denomina el autor, una ‘‘monja hogareña'‘. La relación de Ceci con la naturaleza aparece igualmente mediada, por la presencia de Peri o por el ambiente domesticado de la hacienda: para los devotos de la monja hogareña era de suma importancia evitar cualquier relación directa entre la mujer y la naturaleza.

Si la mujer era fértil y fertilizante, entonces se convertía en símbolo de la tierra, ansiosa por dar pero igualmente voraz. Expresa el sueño de los hombres por la recuperación de una naturaleza que fuese igualmente receptáculo, suelo fértil y pecho acogedor. El cuerpo erotizado de la mujer se convirtió en el símbolo de la naturaleza y de todos los fenómenos naturales. Alencar escamotea esa proliferación simbólica al cuerpo de Cecília, transfigurándolo en objeto de culto, de adoración y no de amor. La raza conciliadora no será engendrada por la unión de Ceci y Peri, sino que ella permanece virgen hasta el final: la mujer esencialmente virtuosa, tan inocente como un niño.

El polo opuesto lo encontramos en Ubirajara. Araci, doncella de la nación de los Tocantins, es codiciada por varios guerreros, entre los que se cuenta Ubirajara, a quien ella desea como esposo. Los guerreros deberán pasar varias pruebas para obtener los favores de la bella, y los pretendientes la escoltan a todos lados; pero es en el baño donde la pareja protagónica se escabulle de la mirada de los otros y se expresan mutuamente su amor:

Então desciam ao rio. Era a hora do banho. Araci cortava as ondas mais lindas que a garça cor-de-rosa; e os guerreiros a seguiam de perto, como um bando de galeirões.

Mas nenhum, nem mesmo Jurandir, que nadava como um boto, podia alcançar a formosa virgem. Ela parecia a flor do mururê que se desprendeu da haste e passe levada pela corrente.

Uma vez a filha das águas soltou um grito e desapareceu no seio das ondas. Jacamim cuidou que o jacaré tinha arrebatado a filha de seu seio. Os guerreiros mergulharam pare salvá-la; mas não a encontraram.

Todos a julgavam perdida, quando apareceu Jurandir que trazia nos braços o corpo da virgem formosa. Pisando em terra, ela correu para a cabana, onde foi esconder sua alegria.

Desde então, era no banho que Araci recebia o abraço de Jurandir, sem que os outros guerreiros suspeitassem da preferência dada ao estrangeiro.(...)

No seio das ondas ninguém a adivinhava a não ser o ouvido sutil de Jurandir, a quem ela chamava com o doce murmúrio do irerê.

Encontravam-se no fundo do rio, enquanto durava a respiração. Depois desprendiam-se do abraço e surgiam longe um do outro.

 

Si bien Ubirajara es posterior a Iracema, su acción es históricamente anterior y en el matrimonio de dos aborígenes de tribus diferentes se prefigura el origen de la raza conciliadora. En el agua, Araci es sirena (lo cual se insinúa por la rapidez de sus movimientos en dicho medio) y por lo tanto absolutamente condescendiente, absolutamente flexible aunque, a la vez, envolvente y mortalmente peligrosa.

Entre la etérea inaccesibilidad de Cecília y la salvaje sensualidad de Araci, Iracema representa un punto medio. A semejanza de Cecília es virgen, pero virgen consagrada por un rito y renunciará a su virginidad para seguir a Martim, con quien engendrará un hijo, Moacyr ‘‘el primer cearence'‘. Y nuevamente, todo comienza en el baño:

Um dia, ao pino do sol, ela repousava em um claro da floresta. Banhava-lhe o corpo a sombra da oiticica, mais fresca do que o orvalho da noite. Os ramos da acácia silvestre esparziam flores sobre os úmidos cabelos Escondidos na folhagem os pássaros ameigavam o canto

Iracema saiu do banho; o aljôfar d'água ainda a roreja, como à doce mangaba que corou em manhã de chuva Enquanto repousa, empluma das penas do gará as flechas de seu arco, e concerta com o sabiá da mata, pousado no galho próximo, o canto agreste

A graciosa ará, sua companheira e amiga, brinca junto dela As vezes sobe aos ramos da árvore e de lá chama a virgem pelo nome; outras remexe o uru te palha matizada, onde traz a selvagem seus perfumes, os alvos fios do crautá , as agulhas da juçara com que tece a renda, e as tintas de que matiza o algodão.

Rumor suspeito quebra a doce harmonia da sesta. Ergue a virgem os olhos, que o sol não deslumbra; sua vista perturba-se.

Diante dela e todo a contemplá-la, está um guerreiro estranho, se é guerreiro e não algum mau espírito da floresta. Tem nas faces o branco das areias que bordam o mar; nos olhos o azul triste das águas profundas. Ignotas armas e tecidos ignotos cobrem-lhe o corpo.

 

En este episodio, muy hábilmente diseñado, el lector participa a la manera de un voyeur , se lo invita a mirar junto a Martim el cuerpo de Iracema. Nuevamente aquí la mirada adquiere relevancia, pero esta mirada construye un cuerpo erotizado, expuesto y vulnerable. Iracema está destinada a ser madre, puesto que esa virginidad consagrada no tiene igual fuerza que la virginidad esencial de Cecília. Es madre, naturaleza, tierra, encarnación de lo que el varón del siglo XIX deseaba por encima de todo: no sólo salvaguarda de su alma, sino ofreciendo su propio ser con toda su alma puesta en la tarea. Una mujer que sería una mera prolongación de sí mismo, que se dejase absorber completamente por él. Como el Nuevo Mundo se ofrece al conquistador civilizado.

 

SOMMER, Doris Foundational Fictions: the National Romances of Latin America . University of California Press: Berkeley, Los Angeles, London, 1993 (p.39)

Id, (p.6)

SCHOPENHAUER, “El amor” en El amor, las mujeres y la muerte. EDAF, Madrid, 1984 (p.62)

Cavalcanti Proença, Manuel: “Transforma-se o amador na coisa amada” en ALENCAR, J. Iracema: Edición critica de Manuel Cavalcanti Proença . EdUSP, São Paulo, 1979. (p.268-269)

Távora, Franklin. ‘'Carta III.'' En Id. (p. 165)

Schopenhauer, “Las mujeres” (p.102)

Citado en DJIKSTRA, Bram . Ídolos de perversidad: la imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo. Debate, Madrid, 1994 (p.211)

Edward Carpenter (1896), citado por Djisktra (243)

BATAILLE, Georges El erotismo [1957] Tusquets, Barcelona, 1979.

ALENCAR, José de . O Guarani [1857] en Romances ilustrados de José de Alencar Vol 1 . José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1967. (p.45)

ALENCAR, José de . Ubirajara [1874] en Romances ilustrados de José de Alencar Vol 1 . José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1967. (p.405-406)

ALENCAR, J. Iracema [1865] . Edición critica de Manuel Cavalcanti Proença . EdUSP, São Paulo, 1979. (p.12-13)